El poncho, símbolo de tradición gaucha

 

 

Es un abrigo típico de Sudamérica. El origen del atuendo es incierto y se puede remontar a culturas de distintas épocas. Son innumerables las tribus indígenas en las que se ha constatado su uso, aunque luego se extendió a los criollos. Hoy se ha convertido en la vestimenta insignia de los gauchos argentinos, que no solo lo usaron como abrigo, sino también como cobija o almohada para pasar las noches a campo abierto. En este reportaje, analizamos aspectos interesantes de su fabricación, pero además les mostramos como esta prenda representa todo un símbolo de tradición y costumbre en Argentina.

 

Texto y Fotos: Sergio Sebastiani.   
País: Argentina

 

-Buenas tardes. ¿Cuánto cuesta ese poncho?

-500 pesos.

-Me lo llevo.

-Pero, ¿no se lo quiere probar antes?

-No, total no es para ponérmelo. Lo voy a colgar en la pared de mi casa.

 

Un diálogo más o menos parecido tuvo lugar en una importante feria rural de Buenos Aires, concretamente en el puesto de venta de textiles artesanales de Jorge Antonio Marí. Este artesano argentino se dedica desde hace casi tres décadas a la confección de este tipo de prendas en un telar mapuche. Una situación que muestra cómo el uso del poncho, históricamente muy típico en este y otros países de Latinoamérica, ha logrado nuevas “aplicaciones” y ya no solo es parte de la tradición rural.

 

Si bien es en el entorno andino donde el poncho es más popular, se utiliza en casi todo el continente americano, desde el norte de México hasta la Patagonia. Para quienes no lo conozcan, habrá que explicar que consiste en un corte de tela cuadrado o rectangular, con flecos en sus lados y con una abertura en el centro por donde se pasa la cabeza para que caiga sobre los hombros.

 

Los ponchos que vendemos tienen mucha demanda entre los tradicionalistas y la gente del campo, pero no es una prenda de uso ciudadano. A veces también los compran los extranjeros, pero no es lo normal”, dice Marí. “Como tradición no se está perdiendo porque cada vez hay más agrupaciones tradicionalistas, y todo pueblo del campo tiene al menos una”.

 

Junto a su mujer, Bety, confecciona ponchos (entre otras prendas camperas artesanales como fajas, o cojinillos) en los telares que tiene en su casa de Ituzaingó, provincia de Buenos Aires. Elaborar un poncho le puede llevar un mes de trabajo. Lo laborioso de la actividad se ve luego reflejado en el valor de las prendas. “Según su calidad y cómo salgan, pueden llegar a costar hasta 5.000 pesos o más (más de 1.000 dólares)”. Pese a esos precios, “siempre tenemos demanda, e incluso tengo varios encargos pendientes”, indica Jorge.

 

 Hobby o trabajo

 

Los rasgos distintivos de los ponchos aparecen tanto en los materiales de confección como en los diseños, y muchas regiones se enorgullecen de tener un modelo típico. Históricamente se confeccionaban con pieles de animales andinos como llama, vicuña, alpaca o guanaco, y de otros más comunes como oveja, vaca o caballo, utilizados sobre todo en lugares fríos. Con el correr de los siglos se fue imponiendo la materia prima textil, con telas de diferente grosor según las necesidades climáticas.

 

El matrimonio de Jorge Antonio y Bety hace estas prendas desde hace 27 años, pese a que sus hijos no están muy dispuestos a seguir el oficio. Pero el legado a las nuevas generaciones está asegurado, porque además de elaborar estos artículos también dan clases de tejido en telar aborigen. “Damos cursos permanentemente, y siempre tenemos al menos unos diez alumnos”.

 

A estas actividades se suma la edición, desde hace 18 años, de la revista de tradición “El chasque surero”. Marí recuerda que esta actividad “empezó como un hobby y terminó siendo un método de vida”, aunque reconoce que “no se puede vivir solo de esto”. Y añade que entre sus alumnos “hay algunos que vienen por el gusto de tejer, y otros lo hacen con una finalidad laboral”.

 

La tradición argentina

 

El poncho no puede asociarse a un país en concreto, pues fue y sigue siendo utilizado en muchos países (ver recuadro). Tal vez Argentina sea el que más culto rinde a esta prenda desde el punto de vista tradicionalista. Se asocia directamente al gaucho, tanto del norte del país como de la pampa. Los estilos de poncho argentino se diferencian por el tejido, el material o los dibujos que lo decoran, así como por el tipo de guardas que llevan. Cada provincia tiene un modelo particular. Uno de los más populares es el salteño, de color bordó con franjas negras.

 

Junto al de Salta, los más populares vienen de otras provincias norteñas como Jujuy, Tucumán, Santiago del Estero y Catamarca. En ésta última está muy enlazada a la tradición, hasta el punto de que su capital fue recientemente declarada como “Capital Nacional del Poncho” por el Congreso de la Nación, por la trayectoria en su confección artesanal. De hecho, cada año se organiza allí la Fiesta Nacional del Poncho, que en 2012 celebró su 42ª edición.

 

Allí se reúnen numerosos artesanos que manufacturan esta prenda, como Silvia Olmos, que entre otros artículos expone los ponchos que hace en alpaca, totalmente artesanales, ya que “nosotros mismos hilamos y tejemos. Tenemos los telares en casa y ahí hacemos la producción de nuestro trabajo para todo el año”, afirma. “Aprendí con mi abuela cuando era chica, ella me enseñó a hilar y tejer. Y después con mi suegro, que me enseñó a hacer ponchos de alpaca con guardas incaicas”. .

 

Pero más allá de los motivos decorativos, destacan los materiales y su nobleza, pues su prioridad es que abriguen: “Un poncho puyo, por ejemplo, es bien calentito, no necesitás nada más para estar abrigado. Siempre es bueno tener una prenda de estas para poder pasar los inviernos”. Entre sus clientes, destaca que “el turista es el que más nos compra la producción, los que vienen de Córdoba o de Buenos Aires”.

 

Aunque su uso histórico es posible que se esté perdiendo, la vigencia del poncho es incuestionable. En especial en las regiones de donde proviene, pero también en zonas urbanas a través de los costumbristas. Es verdad que las tendencias de la moda van apartando lo tradicional, aunque cada tanto el poncho se recupera y le dan un giro actual. A veces aparece en versiones sofisticadas dentro de la alta costura, llegando a costar miles de dólares.

 

Para Juan Carlos Bassano, presidente de la Agrupación Tradicionalista ‘Julio Secundino Cabezas’, de la localidad bonaerense de General Rodríguez, resulta fundamental preservar la tradición del poncho y, en especial, su uso. “Cada vez se utiliza menos, aunque en el campo sigue teniendo mucha demanda para resguardarse de la lluvia, porque los de lana son impermeables”. Bassano dice que “se siguen haciendo y la gente los sigue comprando, igual que muchos otros elementos del campo”, concluye.

 

Un uso muy extendido


En Colombia el poncho forma parte de la indumentaria típica de la región y las de clima templado de Boyacá y del noreste de Cundinamarca. El origen de su uso en este país está ligado a la región del Valle de Tenza, situada entre ambos departamentos. En lo referente a Ecuador, tiene un especial valor cultural para la comunidad mestiza, que se ve tanto en sus particulares diseños como en su empleo tanto en la sierra como en la costa, y tanto a nivel rural como urbano.

 

Los montubios o campesinos de la costa de este país popularizaron incluso la muy ecuatoriana frase ‘Dejarse pisar el poncho’, que significa ‘ver la cara de tonto’. En Perú y Bolivia, tanto el poncho como el chullo son prendas de uso diario en amplios sectores de la población campesina, y es típica en personajes simbólicos de diversas regiones peruanas como el morochuco ayacuchano o el qorilazo sureño.

 

En Chile fue utilizado originalmente por los mapuches y luego adoptado por el huaso, como se conoce a los jinetes del campo en este país. Hoy lo siguen usando los trabajadores rurales. En países situados más al norte del continente, como México, se lo encuentra con alguna variante, donde se lo conoce como jorongo o sarape. 

 

©veintemundos

 

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