Acequias en Mendoza: la ancestral herencia huarpe

 

 

Al pie de la Cordillera de los Andes está Mendoza, una provincia argentina caracterizada por sus calles anchas; árboles al frente de cada casa, veredas y más de 500 kilómetros de acequias que surcan en red un suelo árido y pedregoso. Las acequias son parte de la identidad y del paisaje natural de tres oasis en medio del desierto. Sus orígenes se remontan a los antiguos pobladores, los indígenas Huarpes, hace más de cinco siglos.

 

Texto: Sonia Videla
País: Argentina

 

Mendoza es quizás un caso único en el mundo: posee cientos de acequias urbanas, en todas sus calles, que conviven con el sistema de canales rurales. Todo aquel que haya nacido en esta tierra tiene una anécdota con ellas; y también los visitantes atraídos por el sol, la nieve y el buen vino de la provincia. “Nací en una ciudad sin acequias; cuando llegué de Neuquén a Mendoza, me caía en todas. No entraba en mi mente que al bajarme de un auto me esperaba un pozo y no una vereda”, recuerda jocosamente Sonia Aguirre (30) quien vino a esta ciudad por motivos de estudio, desde el sur del país.

 

Las acequias son surcos anchos y profundos cavados en la tierra (entre la calle y la vereda) que llevan el agua a un vasto territorio. Estas zanjas forman parte de la cultura ancestral de Mendoza. Han logrado perdurar a través del tiempo, y aunque buena parte de ellas permanece en la zona rural a cielo abierto, no es así en las áreas urbanas. Estas han sido cubiertas por cemento y permanecen ocultas, lo que tiende a restarle identidad a ese hermoso paisaje de calles amplias y grandes árboles.

 

Su trazado es anterior a la fundación de la ciudad por los conquistadores españoles en 1561. Nacieron con el pueblo indígena huarpe que influido por los incas, supo aprovechar el agua de deshielo para beber y regar sus tierras afectadas por grandes periodos de sequía. Incluso hoy en día sirven para encauzar el agua cuando caen las lluvias de verano.

 

Sentir el rumor del agua en las acequias es todavía canción para los oídos de los mendocinos. Es la dosis natural de frescura en el calor del verano. Sin embargo, la falta de mantenimiento y el maltrato de muchos habitantes convierten a muchas de ellas en depósitos de latas, plásticos o papeles. Tal vez por eso fue que en 2015, el Intendente de Mendoza hizo punta en una iniciativa: que la UNESCO declare sus acequias como Patrimonio de la Humanidad.

 

 El riego huarpe

 

Rubén Herrera (58) es miembro del Consejo Educativo de Pueblos Indígenas de la Nación argentina y representa en este foro al pueblo huarpe. Nació en Media Agua en la provincia de San Juan y desde muy chico, él y sus hermanos supieron de su ascendencia indígena huarpe. Este pueblo se remonta a la zona de Cuyo, mucho antes de que los españoles fundaran Mendoza.

 

El sistema que utilizó el huarpe para canalizar el agua es único en América. En otros pueblos, el agua corría libremente por las pendientes, pero aquí nuestros antepasados crearon el sistema de tomas para distribuir el agua por sectores y evitar conflictos entre las comunidades que se agrupaban bajo la autoridad de un cacique”, cuenta Herrera.

 

En efecto, los huarpes regaban sus tierras por “mantos” es decir, inundaban a partir de una acequia proveedora. Este sistema era óptimo para el cultivo de maíz, porotos, zapallos, papas y otras hortalizas que fueron la base de la alimentación del hombre natural de la zona.

 

Las acequias recibían el mismo nombre que el del cacique de esa tierra y estaban comunicadas por caminos que eran conocidos con un nombre indígena o, como en el caso de las acequias, con el del cacique cuyas tierras regaban. Se dice que los huarpes heredaron de los incas su sistema de riego, valiéndose de un brazo del Río Mendoza para proveer de agua a todo el noroeste del pedemonte.

 

A finales del siglo XIX y principios del XX, llega el modelo vitivinícola con los inmigrantes españoles e italianos realizándose grandes obras de infraestructura hídrica, que mejoran el abastecimiento de agua para el riego y el consumo. Sin embargo, la forma de distribución del agua mediante acequias siguió y continúa aún en vigencia. Hoy es tradicional la figura del “tomero”, quien abre o cierra por turnos la compuerta del zanjón o canal para que el agua llegue a las fincas y chacras del oasis mendocino.

 

Historias de acequia

 

Infinitas anécdotas tienen los lugareños con estos acueductos, que están en todos los barrios. En otoño y en invierno están vacías, pero renacen en la primavera y el verano. De esta manera llevan el recurso más preciado de la humanidad, que baja de la fusión de las nieves en las altas cumbres.

 

 “Estábamos en San Rafael viendo el Dakar en pleno verano y muy acalorados y no tuvimos mejor idea que bañar a la nena en una acequia”, cuenta Analú (34). A su vez, Daniela (29) recuerda que cuando era chica, “me divertía en el agua que corría por la acequia del frente de mi casa. Encerraba a los sapos, entre ladrillos.

 

Era una niña muy mala”, dice divertida

 

Hacer carrera de barquitos con palitos en la corriente de agua, bañarse; jugar a las escondidas por las acequias, acortar camino yendo de un lugar a otro por los surcos de tierra, son parte de la historia de vida del mendocino.

 

Era chiquita, de unos tres años aproximadamente, y muy desobediente. Me atraía el agua que corría por la acequia. Me gustaba tirar piedritas y sentir el ruido que hacían al caer. Pese a las advertencias de mamá, me acerqué mucho y caí al agua. Rápidamente, me alzó en sus brazos. Estaba mojada y embarrada. ‘Te dije que no fueras a la acequia’, me retó. Y yo le respondí. ‘El viento me empujó’…”, ríe con nostalgia Silvia (63).

 

Hay otras anécdotas menos felices. Como la que cuentan aquellos que cayeron con su vehículo a una acequia cuando daban marcha atrás en un puente o quisieron esquivar a un perro u otro obstáculo en la calle.

 

Patrimonio

 

El arquitecto Ricardo Ponte, investigador, historiador y urbanista que escribió un libro que cuenta la historia de las acequias desde los huarpes a la actualidad, asegura que estas zanjas han tenido el mérito de haber estado siempre. “Están desde antes que la ciudad misma existiera, y la han acompañado en sus diferentes etapas y en sus diferentes prácticas sociales”.

 

El arquitecto afirma que así puede explicarse que en las zonas rurales o marginales, aún hoy se las siga usando como provisión de agua potable, como en los tiempos coloniales. “Creo que las acequias son el único elemento que Mendoza tiene para aspirar a una declaratoria de la envergadura de patrimonio cultural de la humanidad, porque es un sistema de riego que tiene un pasado inca, huarpe, hispano y republicano.

 

Esta larga historia de más de 500 años merece darse a conocer por aquella comunidad huarpe que perdió sus tierras; y prácticamente desapareció. De ellos solo quedaron las huellas sus acequias. “Y que, si no fueran por ellas, que conservaron los nombres de sus caciques, habrían desaparecido del todo. Porque estos caciques no trascendieron, como otros pueblos aborígenes, por sus batallas ni por sus excesos de furia. Fueron ni más ni menos que mansos agricultores: los caciques del agua, los dueños de acequias”, concluye Ponte.

 

Acequia

 

Del árabe al-sāqiyah (irrigadora), es un canal por donde se conducen las aguas para regar. El desarrollo de este tipo de construcción hidráulica tuvo lugar sobre todo a lo largo de la costa mediterránea.

 

En las provincias argentinas de Mendoza y San Juan es común observar estos acueductos. Se utilizan para regar grandes plantaciones vitivinícolas, entre otras. En las ciudades se emplean para drenar el agua proveniente de las ocasionales pero fuertes lluvias estivales.

 

El curso de agua que hoy conocemos como canal-zanjón cacique Guaymallén tiene un recorrido de casi 22 km hasta la ciudad de Mendoza. Posee un desnivel de 220 mt., lo que da una pendiente promedio de 2,2%, que es levemente superior a la pendiente mínima necesaria para que discurra el agua por gravedad.

 

Fuente: Ricardo Ponte:“Historia del regadío: las acequias de Mendoza”.

 

©veintemundos

 

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